Fondo azul y violeta Fondo azul y violeta

Dicen que por la noche el viento barre el desierto, que por la mañana todo tiene un aspecto diferente. Solo los que lo conocen bien saben dónde se encuentran, otros navegan por un mar de arena lleno de posibilidades.

Ahora la ciudad queda detrás de nosotros, las luces difuminadas de la catedral tecnológica que se extiende durante kilómetros y kilómetros, haciéndose cada vez más lineal, como una voluta de humo, dispuesta para iluminar la carretera que lleva al desierto. Por ahora, el descanso es solo oscuridad y noche.

Cuesta reconocer la carretera delante de nosotros: las líneas se difuminan, tendidas bajo capas de una arena tan fina que roza las ruedas y la carrocería como si se tratase de polvo.

Es el momento de dejar el asfalto, el negro del alquitrán y las carreteras por las que ya hemos transitado. Giramos a la derecha para tomar una ruta alternativa, rodeada de dunas y matorrales con el aspecto de las coreografías de un mundo posible, formado por un toque en la variante densidad de la oscuridad. Nos desplazamos un kilómetro hacia el corazón de la noche y el desierto, hasta que finaliza la carretera. Ya no está delante nuestro: el mundo nos rodea.