Gracias a la tecnología del coche, cada deceleración o cada frenada es una acumulación de energía, y a medida que aumentas de velocidad en el trimarán, las olas son como las curvas de las montañas de Palma; «tienes que volar bajo, casi a ras de la superficie del agua —grita el marinero—, cada vacío que golpea el barco es energía que se pierde».

De hecho, a medida que el viento aumenta, el mar debajo de las redes que conecta el casco lateral al casco central se desplaza al gran velocidad (puedes verlo debajo de tus pies) y cuando llegas a treinta nudos tienes que comenzar a sujetarte. El viento se cuela entre las velas y genera un silbido continuo y profundo. La tripulación grita las instrucciones para estabilizar y lanzar el barco, entonces espera para ver si sus maniobras han conseguido la velocidad y la energía deseadas. Aquí el sonido es vida, es movimiento.

Sin embargo, en Ghibli no hay sonido. En la cabina del coche el viento no produce ningún ruido. La aerodinámica del coche es casi perfecta, y si la ausencia de fricción es garantía de la conservación de energía para ambos vehículos, si el ruido en el mar es vida, aquí el silencio se convierte en un lujo. Solo se aprecia el roce del motor y el suave deslizamiento de las ruedas sobre el hormigón: estés donde estés, en el mar o en tierra firme, ha llegado el momento de liberar la potencia.