Imagínate un valle que abandona su sinuosidad porque en cuatro kilómetros hay una presa y una frontera. Es el valle que tienes delante, con una actitud digna del fin del mundo, que recuerda con orgullo antiguos intercambios comerciales y posadas. Encima de ti, las montañas, colmadas de nieve, con una altura tal que sobrepasa a cualquier hombre. Piz Bernina, Piz Quattervals, Piz Murtaröl, Scima da Saoseo -sus cimas dibujan una irascible línea más allá de la cual está el cielo color azul de Prusia, el azul del espacio más profundo, el aire cada vez más fino. 

Si vuelves al vista al suelo, contemplas la carretera que se desliza siguiendo el recorrido ondulado del valle. Quizás por ello se la conoce como la Carretera del Valle, Via della Val. A la derecha debería haber otro tono de azul teñido con los matices verdes del Lago Livigno, y de hecho ahí está, tapado por un manto de nieve que, a la vez, también oculta una capa de hielo. A la izquierda, paredes de piedra protegen la carretera sobre la que descansa toda la montaña. Desplazándose debajo, lo que es visible deviene película, el paisaje se hace vivo.

Así que vamos a resumirlo: las montañas fuera, una frontera delante de ti, un lago helado a la derecha, la carretera a tus pies y un coche a tu alrededor.

Soy solo un susurro, pero tú estás viviendo todo esto.