Cuando la pisas, la nieve virgen se comprime con un suave crujido; el sonido también refleja la pureza; el espacio vacío se contrae. Pero vayamos más allá del sonido, notemos el cuerpo. Estás subiendo el camino montañoso que te lleva hasta la pista, el aire es fresco y seco, pero no brusco al entrar en tus labios. Al revés, en cada inspiración notas el sol. Las moléculas de glucosa complejas se separan, dan nuevo impulso a tu esfuerzo, cada paso es una medida de la distancia que recorres. Eres energía, estás vivo.

Debajo del camino que tus huellas han creado, una carretera sigue cortando la parte posterior de la montaña que escalas: la miras y no ves nada, escuchas y no oyes nada. Vuelves a caminar, los ojos cerrados, la oscuridad se tiñe de naranja, la piel de la cara recibe agradecida el sol y el único sonido sigue siendo el de la nieve, seca y fragante, que aplastas bajo tus pies.

Entonces, como un segundo instrumento que en un dueto se une a un aria, el torbellino de una explosión de cuerdas que después se calma. Un revoloteo potente, nervioso, y aun así perfectamente controlado, como la danza de una avispa. El ritmo aumenta, sabes qué es el sonido, su origen y su furia elegante: antes, estabas dentro del mismo.

Las cuerdas explotan de nuevo, con la misma curvatura y el mismo entusiasmo, pero con un volumen más alto. Es el momento de abrir los ojos y volverse: ves el morro alto de un coche que hace un giro cerrado. El conductor recorre el equilibrio milimétrico entre control y libertad. Gracias al motor, la fuerza centrípeta y centrífuga no suponen un peligro sino una  oportunidad: sea quien sea que conduce puede permitirse girar el volante de manera contraintuitiva, en sentido opuesto a la dirección. Neumáticos de cuarenta centímetros surfean sobre la nieve y la aplanan como un pincel con la témpera blanca. El conductor se une a los movimientos, un coeficiente de cálculo entre la cantidad de vacío y de lleno que la naturaleza ha distribuido en el paisaje. Ser uno. Así es como se debe conectar con una fuerza tan reactiva que parece viva, un animal salvaje o un huracán que pasa por tu lado dejando un sonido que los físicos llaman efecto doppler.

Llegará a la cima antes que tú, que también debes liberar los caballos de tu interior.